Desde el siglo XIX, la República Dominicana ha sido conocida sobre todo por los poetas: Salomé Ureña, José Joaquín Pérez o Gastón Fernando Deligne. “Siempre se dice que somos un país de poetas”, subraya José Mármol (1960), ganador prácticamente de todos los premios literarios de la isla; traducido al inglés, al francés y al italiano, y responsable de una reciente antología de poesía dominicana del siglo XX en Visor, donde ha publicado también varios poemarios propios. “Partimos”, añade Mármol, “de una fuerte tradición modernista. Aquí Rubén Darío se conocía y se publicaba en revista antes de su icónico Azul, de 1908. Y durante las vanguardias, por ejemplo, el manifiesto futurista nos llegó pocos meses después de ser publicado en Europa”.

Entre los poetas más jóvenes también destaca un sabor urbano y contemporáneo. “Lo urbano en mi poesía es un artificio. Intento utilizar los elementos del paisaje que mejor conozco —la isla, el mar, la ciudad a medio hacer, sus cables que cuelgan como tripas de los postes eléctricos— para reflexionar sobre el mundo en el que vivo. Para el escritor que crece en una isla, especialmente una del Tercer Mundo, es casi imposible que el entorno no permee su forma de usar el lenguaje”, apunta Alejandro González Luna (1983), residente en España y con un reciente poemario temático sobre la insularidad publicado en Pre-Textos: Donde el mar termina, premio Emilio Prados.

El trabajo poético de Frank Báez aspira a insertar el propio lenguaje en el contexto dominicano. Una tarea basada en cribar “libros y referencias donde pasan historias que no se parecen a la del entorno de uno” y que le ha empujado a una cierta orfandad. Pero a la vez a “una gran libertad para crear lo nuevo, para convertirte en explorador y lanzarte a buscar formas novedosas y un lenguaje que de pronto comprendes que siempre lo llevabas contigo, pero que no te atrevías a usarlo porque no salía en libros o en películas y pensabas que era vulgar o nada literario”. Algo parecido le sucedió hace muchos años a Josefina Baez (1960), sin tilde, migrante a EE UU en los setenta y precursora del uso del spanglish que Yunot Díaz ha homologado y elevado a las alturas. “Me decían que eso no era literatura. Pero cuando alguien como Junot, de las grandes ligas, batea en una de tus bases, es que hay algo”. Báez, con tilde, está trabajando últimamente en un texto sobre el barrio donde se crio, Los Kilómetros, la zona pegada a la playa donde mataron a Trujillo, el lugar donde sus mayores veían fantasmas.