A mediados de la década de los 80, cuando un grupo de arqueólogos estadounidenses examinaba imágenes satelitales que mostraban la península de Yucatán, en México, no sabían cómo interpretar una imagen que los descolocó por completo: un anillo casi perfecto de unos 200 km de ancho.

Los cenotes, esos depósitos de agua de manantial azules, son un elemento básico de losfolletos turísticos de Yucatán y se repiten en este paisaje árido abriéndose paso por las vastas llanuras de Yucatán, un estado de bosque seco y bajo en el extremo este de México. Vistos desde el espacio, forman un arco en forma de medio círculo, como hecho por un compás.

Los arqueólogos descubrieron este patrón -que circunda la capital de Yucatán, Mérida, y las ciudades portuarias de Sisal y Progreso- casi de forma casual, mientras intentaban comprender qué había sido de la civilización maya que una vez había gobernado la península.

Los mayas usaban los cenotes como forma de suministro de agua potable, pero la extraña disposición circular de los hoyos que se podía ver en las imágenes satelitales dejó perplejos a otros investigadores y especialistas durante el "Simposio Latinoamericano de Sensoramiento Remoto", ( celebrada en Acapulco (México) en 1988.

Una hipótesis inesperada

Para la colombo-argentina Adriana Ocampo, una científica que se encontraba en la audiencia y quien entonces era una joven geóloga planetaria en la NASA, la formación circular le pareció la señal que apuntaba a la línea de investigación a la que había dedicado gran parte de su carrera.