La Nobel de Química Ada Yonath se antoja especial nada más verla. Alrededor de la silla de ruedas —el vuelo desde Israel ha maltratado su cadera de cuasi octogenaria— despliega un pequeño caos integrado por un bolso, varios pañuelos de papel, un bastón plegable y una mochila atestada en la que rebusca y que no abandonará ni cuando suba al estrado del encuentro El futuro del envejecimiento,celebrado la pasada semana en Madrid y organizado por la Fundación Ramón Areces. “¿Es que no estás siguiendo la jornada?”, espeta a la periodista, mirando de reojo el monitor donde otros Nobel analizan el gran desafío demográfico del siglo XXI. Sobre esta mujer de ojos de niña cabalga una indómita cabellera rizada gris objeto de debate nacional en su país ante el viaje a Estocolmo en 2009 para recoger el galardón. Todo el mundo quería mandarla a la peluquería. Inevitable pensar en Einstein.

Yonath fue laureada con el Nobel junto a otros dos científicos por el descubrimiento de la estructura y la función del ribosoma, el orgánulo celular que fabrica proteínas al traducir la información del ADN. Desnudó el componente mediante cristalografía, en contra de la opinión de sus colegas. Al año siguiente de publicar el descubrimiento, los equipos que ella dirigía revelaron cómo algunos antibióticos eliminan a las bacterias uniendose a sus ribosomas e impidiendo que fabriquen proteínas. Es una de las cinco mujeres galardonadas entre los 176 hombres premiados en el olimpo de la química.

Las becas que la hicieron científica, cuenta con la sorna reconocible en las personas felices, fueron limpiar escaleras, hacer sándwiches o enseñar Matemáticas y Física a sus compañeros de clase en el instituto. Sus padres, inmigrantes polacos en Israel, eran extremadamente pobres.

La longevidad se disparó gracias a los antibióticos, en la mitad del pasado siglo. Evitó las muertes de quienes no habían cumplido los 50... antes de esa edad murieron Mozart o Kafka... Entonces afloraron las enfermedades relacionadas con la edad como el cáncer o el alzhéimer. Luego se dan fallos de funcionamiento, como la hipertensión que pueden ser controlados. Las farmacéuticas proveen a esos enfermos de medicamentos muy caros que los mantienen con vida. Lo que ocurre es que la gente muere de infecciones. Un tercio de las muertes atribuidas al cáncer en realidad se deben a una gripe normal porque la persona no puede luchar contra ella, ya que su sistema inmune está dañado y los antibióticos no funcionan porque hay resistencias. Los laboratorios no quieren sintetizar nuevos antibióticos, porque son muy caros de fabricar, se venden muy baratos y se utilizan pocos días, no como otros tratamientos caros, como los del cáncer. Y hay resistencias, porque las bacterias son listas, encuentran el camino para sobrevivir.

Los microorganismos resistentes son los nuevos asesinos en serie. Más de 33.000 europeos mueren al año por ese hecho. Un impacto mayor que el del sida, la tuberculosis y la gripe. En casi la mitad de los casos (39%) las bacterias letales fueron inmunes a los antibióticos más recientes.

Algunos laboratorios pequeños están mejorando los antibióticos existentes, pero son muy pocos. En los últimos 20 años solo se han desarrollado tres nuevos. No es nada. El último de ellos, uno completamente nuevo, ya tenía resistencias al año de usarse. Las grandes compañías han dejado de hacerlos, pero deben continuar en ello. La longevidad es algo fantástico, pero puede ser detenida por cosas estúpidas.

En mi laboratorio estamos buscando posiciones distintas a las habituales que ocupan los antibióticos en las bacterias. Son dianas para las que podamos diseñar antibióticos que penetren a través de ellas. Antibióticos que sean muy específicos para cada patógeno, incluso para cada cepa, que sean absolutamente biodegradables, de tal manera que no contaminen. Y que sepan distinguir entre bacterias dañinas y las que no lo son, la microbiota. No es fácil. Es lo que estamos haciendo. Los laboratorios me odian. Les digo que están tomando malas decisiones al no diseñar nuevos antibióticos, entiendo que necesitan ganancias para sus inversores pero si más y más personas vuelven a morir a los 50 años o a los 60, ya no van a tener consumidores para los tratamientos caros.